A veces tengo la sensación de que el mundo evoluciona más rápido de lo que un servidor puede asimilar. Así que, de cuando en cuando, decido parar y no subirme al carro de tanto frenesí de inventos y novedades. Supongo que es mi sutil manera de ser un poco rebelde, eso sí, a mi manera, teniendo en cuenta que por lo general suelo destacar por un carácter afable y poco reivindicativo. Hoy, tarde de viernes fría y desapacible, quiero rendir un pequeño homenaje a mi molinillo de café, a mi cafetera y a mi mortero. Quizá sea la envidia de quien no se ha dejado seducir aún por las cápsulas de café con que nos invaden hoy la industria. Pero no pienso renunciar al protocolo y a la ceremonia con los que se obtiene no sólo un buen café sino que además ahorro dinero, doy una alegría ahorrando energía al señor ministro de industria y me deleito con el delicioso run run de la molienda. Ya lo decía la canción “cuando la tarde languidece renacen las sombras… paso incansable la noche moliendo café”
Un saludo
El fraile
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