
Agua Brava. No sé como cayó en mis manos pero fue mi primera colonia "no familiar". Más que por lo embriagador de su aroma lo recuerdo como parte de una etapa de mi vida en la que, sin darme cuenta, abandonaba la infancia (no nos pongamos muy sentimentales al respecto, creo que mi infancia duró algo más que la media para serles sinceros).
Lo mejor del caso, y esto es muy mío, es que el bote nunca se acabó. Tanto me cuidé de conservar mi preciado tesoro que al final perdió sus propiedades y apenas olía a nada. Algo parecido me pasó con mi reloj de la primera comunión, cuando me decidí a estrenarlo años después ya no funcionaba.
Disfruten el momento.
Atentamente el fraile.
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