Monday, October 17, 2005

Mi reloj Casio

Ayer se produjo en mi calle la recogida de muebles y trastos viejos que de cuando en cuando realiza el Ayuntamiento. Aprovechamos para sacar a la calle todo tipo de cacharros que nos estorban en casa: lavadoras y electrodoméstico viejos, somieres y colchones, muebles… Conforme se aproxima el momento de la recogida es curioso observar cómo la calle adquiere una inusitada vida. Un gran número de personas se interesan y seleccionan las piezas que puedan serles de utilidad. Chatarreros que vienen con las furgonetas listas para cargar, inmigrantes que recogen sillas y colchones, o simplemente curiosos que se entretienen contemplando la escena.

Muchas veces son muebles en buen estado de los que nos deshacemos porque simplemente nos hemos cansado de ellos. Vivimos en un mundo de contrastes donde lo que para unos es superfluo para otros es un artículo de difícil acceso.

Uno de los regalos que mejor recuerdo de mi Primera Comunión fue un reloj de pulsera de la marca Casio. Lo encontré tan bonito que por miedo a perderlo decidí guardarlo cuidadosamente. Y así lo hice. El caso es que cuando quise ponérmelo ya no funcionaba. Se había estropeado sin haberlo lucido ni siquiera una vez. Hoy por el contrario, si me pusiera a contar la cantidad de relojes que tengo, seguro que sobrepasaría la media docena. No es que sea un coleccionista ni mucho menos, creo que comprados por mí tan sólo hay un par de ellos (otros son regalo del banco, de cumpleaños, de Navidad, etc.) Lo mismo me pasaría si contase gafas de sol o bolígrafos de los que yo denomino “elegantes”. Antes me hacía mucha ilusión tener unas gafas de sol aunque fueran prestadas, o tomar apuntes con mi bolígrafo Parker nuevo, hoy ya no.

Creo que una de las razones por las que no somos felices en medio de tanta abundancia, es que nos fijamos más en aquello que aún nos falta que en lo que ya tenemos. Así es muy difícil estar contento.

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