Por fin parece que se divisa el fin de semana. Ya era hora, ésta se me ha hecho más cuesta arriba de lo habitual, serán los años o los disgustos. Quién sabe qué nos deparará la próxima. Quizá la aparición del calvo de la lotería y el comienzo de la campaña navideña. Cada año se anticipan respecto al anterior, pero eso no es nada en comparación con otros países. Recuerdo de mi estancia en Inglaterra que, ya a mediados de Septiembre, empezaban a venderse en las tiendas gran variedad de artículos navideños.
Me parece, aunque no estoy cien por cien seguro, que este fin de semana se produce el cambio de hora, así que se acabó salir de trabajar con luz del día. A mí no me importa realmente, ya que, encuentro que la oscuridad tiene su encanto. Bueno eso ahora, recuerdo que en mi infancia odiaba salir del colegio de noche. Miraba angustiado y con resignación como los días eran cada vez más cortos. Lo que realmente temía era que me castigaran hasta las ocho de la noche por alguna gamberrada colectiva que sucediera en clase. Entonces “Don Preocupado” empezaba a urdir en su cabeza todo tipo de infortunios que se podían avecinar, acentuados además por la angustiosa oscuridad.
Superados los miedos de la infancia creo que siempre me ha gustado la noche, especialmente en mis años de universidad. Durante dos cursos consecutivos tuve turno de tarde. En esa época me acostumbré a estudiar de noche. Recuerdo la sensación de confianza que me transmitía el tener tantas horas por delante, para mí sólo. También recuerdo lo mucho que me acompañaba la programación de radio de madrugada y la sensación de paz que, desde casa, me ofrecía Madrid.
Si de mí dependiera el invierno y el otoño serían algo más largos, y los días más cortos. Menos mal para vosotros, que en esto no tengo ninguna posibilidad de decidir.
Me parece, aunque no estoy cien por cien seguro, que este fin de semana se produce el cambio de hora, así que se acabó salir de trabajar con luz del día. A mí no me importa realmente, ya que, encuentro que la oscuridad tiene su encanto. Bueno eso ahora, recuerdo que en mi infancia odiaba salir del colegio de noche. Miraba angustiado y con resignación como los días eran cada vez más cortos. Lo que realmente temía era que me castigaran hasta las ocho de la noche por alguna gamberrada colectiva que sucediera en clase. Entonces “Don Preocupado” empezaba a urdir en su cabeza todo tipo de infortunios que se podían avecinar, acentuados además por la angustiosa oscuridad.
Superados los miedos de la infancia creo que siempre me ha gustado la noche, especialmente en mis años de universidad. Durante dos cursos consecutivos tuve turno de tarde. En esa época me acostumbré a estudiar de noche. Recuerdo la sensación de confianza que me transmitía el tener tantas horas por delante, para mí sólo. También recuerdo lo mucho que me acompañaba la programación de radio de madrugada y la sensación de paz que, desde casa, me ofrecía Madrid.
Si de mí dependiera el invierno y el otoño serían algo más largos, y los días más cortos. Menos mal para vosotros, que en esto no tengo ninguna posibilidad de decidir.
No comments:
Post a Comment