Las personas con la edad nos volvemos maniáticas y hasta difíciles. Aunque eso no es una novedad (ni siquiera es cierto en todos lo casos), el proceso es gradual, constante y de difícil detección, principalmente porque además siempre nos fijamos en otros en lugar de en uno mismo. Yo sí creo recordar actitudes que, ya a muy temprana edad, merecen cierta atención. No tengo certeza exacta de a qué edad me hice la brecha que preside mi frente (estilo Harry Potter), con seguridad tendría menos de cinco años y más de dos. Me presenté en el colegio (jardín de infancia) un par de días después, tras haber recibido siete puntos de sutura (me escalabré un sábado y el lunes ya estaba listo). Recuerdo mi entrada triunfal en clase, Milagros, la señorita, cuando vio el vendaje que coronaba mi ya hermosa cabeza, me premió con el reparto de la plastelina. Es curioso, recuerdo aún el olor tan agradable de la plastelina con aroma de galletas danesas. Bueno hasta ahí normal, niño escalabrado y profesora compasiva, lo que me alarma es recordar con toda nitidez mi emoción porque podría reservarme el mejor trozo, el más grande, sí para mí. Por qué no ofrecía a mis compañeros la posibilidad de elegir su trozo en primer lugar? Total si a mí nunca se me dio bien la plastelina y además no se me ocurría nada original que modelar, siempre copiaba al compañero de pupitre (también recuerdo que eso no le gustaba nada al insolente Gustavo, él sí que era creativo). Otra de mis curiosas manías era alargar el tiempo que me duraban las chucherías, no para disfrutar de las golosinas, sino de saber que a mis amigos ya se les habían acabado. A veces intentamos alcanzar las satisfacciones de la manera más difícil, para cuando me comía los dichosos sugus, estaban duros como una piedra, eso sí a mis amigos ya no les quedaba ninguno
No comments:
Post a Comment